El aeropuerto Mayor General FAP Armando Revoredo Iglesias debía ser el motor que impulsara una nueva etapa de desarrollo para la región. En lugar de eso, se ha convertido en un símbolo de atraso. Mientras el flujo de pasajeros no deja de crecer —con más de 309.000 viajeros entre enero y noviembre de 2024, casi un 50% más que antes de la pandemia— las obras de ampliación siguen sin comenzar, atrapadas en expedientes, observaciones técnicas y expropiaciones incompletas.
El anuncio de modernización llegó en octubre de 2021 con un contrato que prometía, en apenas un año, tener listo el expediente técnico para licitar e iniciar la obra en 2023. Los cajamarquinos imaginaron un nuevo terminal, más amplio, moderno y con capacidad de recibir aeronaves de mayor tamaño. Sin embargo, el expediente apenas supera la mitad de avance, y el Ministerio de Transportes y Comunicaciones (MTC) reconoció que la obra recién podría arrancar en 2026. Los más críticos señalan incluso que, al paso que va, no habrá construcción antes de 2028.
El plan original incluye una inversión superior a los 38 millones de dólares. Se proyecta triplicar el espacio del terminal de pasajeros, extender la pista de aterrizaje y modernizar la plataforma de aeronaves, además de estacionamientos, equipos de seguridad y un nuevo cuartel de bomberos. Una transformación completa para duplicar la capacidad operativa y preparar al aeropuerto para los próximos diez años. Sin embargo, la realidad avanza mucho más lento. El saneamiento físico-legal de terrenos, requisito indispensable para ampliar la pista, solo ha llegado al 85%. Restan cerca de 92 hectáreas por expropiar, y cada trámite añade meses a un calendario ya atrasado. A ello se suman 21 observaciones técnicas que aún pesan sobre el expediente; siete de ellas siguen pendientes de levantar.
Los obstáculos no son solo administrativos. La ampliación también enfrenta un dilema cultural: dentro del área a intervenir se ubica la histórica Hacienda Tartar, un inmueble virreinal con murales religiosos declarado Patrimonio Cultural. Su demolición ha generado oposición de la Dirección Descentralizada de Cultura y de colectivos locales que reclaman alternativas para preservar el legado. El MTC asegura que se busca un camino “respetuoso del patrimonio”, pero la polémica añade otra demora a un proyecto que parecía inminente.
La burocracia ha sido otro enemigo. Voceros del sector privado critican que los trámites que debieron resolverse en meses han tomado años. Cambios constantes de ministros en Lima y la falta de voluntad política sostenida han hecho el resto. En la región, la percepción es que el aeropuerto no ha estado en la lista de prioridades nacionales, pese a que la demanda lo exige con urgencia.
La Cámara de Comercio y Producción de Cajamarca, junto con gremios turísticos y hoteleros, han levantado la voz. Aseguran que la región está perdiendo competitividad y que sin un aeropuerto moderno se frena el turismo, el comercio y la llegada de nuevas inversiones. “No podemos seguir esperando mientras nuestros visitantes encuentran un terminal saturado y sin condiciones para crecer”, señalan. La frustración también se respira entre la población. Cada temporada alta, como el Carnaval, miles de visitantes saturan el pequeño terminal, y muchos cajamarquinos recuerdan con desconfianza cómo otras regiones ya disfrutan de aeropuertos renovados mientras aquí el proyecto no pasa del papel.
Cajamarca es una región con enormes atractivos turísticos, desde el histórico cuarto del rescate hasta Cumbe Mayo, los Baños del Inca o su reconocido Carnaval. Pero la falta de infraestructura limita el acceso y encarece los viajes.
Un aeropuerto ampliado permitiría vuelos directos desde otras ciudades, chárteres internacionales y mayor conectividad para productos locales como el café y los lácteos, con mercados en expansión. Cada año de retraso significa ingresos que no llegan, turistas que eligen otros destinos y oportunidades de inversión que se esfuman.
Hoy la región vive entre la expectativa y la decepción. Expectativa porque todos coinciden en que el aeropuerto es clave para su futuro; decepción porque la primera piedra parece cada vez más lejana. Lo que debía ser un símbolo de modernidad se ha convertido en un recordatorio de la ineficiencia y la falta de decisión política.
Cajamarca necesita despegar. La pregunta es: ¿Cuánto más deberá esperar para que las promesas de un aeropuerto moderno dejen de ser un anuncio repetido y se conviertan en realidad tangible?
