Una vez más, el desarrollo de Cajamarca parece encontrarse con un viejo conocido: la férrea oposición de Marco Arana. Esta vez, el objetivo de su incansable activismo es el proyecto de la Presa Chonta, una obra anhelada por muchos como solución a la histórica crisis hídrica de la región. Sin embargo, en recientes declaraciones, Arana ha desplegado una serie de argumentos que, lejos de aportar un debate constructivo, parecen diseñados para sembrar dudas y torpedear el avance de esta iniciativa vital.
Argumentos endebles y un pesimismo crónico
El discurso de Arana se sostiene sobre pilares cuestionables. Primero, afirma que un estudio del Proyecto Especial Jequetepeque-Zaña (Pejeza) determinó que el área donde se construiría la represa «representa un grave peligro y un grave riesgo» debido a la supuesta falta de estabilidad geológica de los suelos. Esta declaración, lanzada con la contundencia de un veredicto definitivo, obvia convenientemente que todo proyecto de gran envergadura requiere de soluciones de ingeniería complejas que se ajusten a la geografía, y que los estudios técnicos exhaustivos sirven precisamente para mitigar esos riesgos.
A esto le suma una crítica al presupuesto, señalando que «no han incluido el nuevo trazo de la carretera a Combayo», la cual, según él, «va a desaparecer» bajo el agua de la represa. Además, afirma que no se ha considerado la nueva planta de tratamiento de agua del Cerrillo, argumentando que las actuales plantas del Río Grande y El Milagro «se han quedado inútiles» y no tienen agua suficiente. Su conclusión, predeciblemente alarmista, es que Cajamarca se quedará sin carretera y con una represa inservible.
¿Protección ambiental o activismo ciego?
Pero el punto más polémico de su intervención es la aseveración de que la Presa Chonta no servirá para dotar de agua a la ciudad, sino que se convertirá en un simple «sedimentador» para la minería. Arana argumenta que la obra se ubicaría «debajo de las concesiones mineras de Yanacocha Sulfuros, de Conga, de Michiquillay y de Galeno». Para él, esto es prueba suficiente de que el agua no estará destinada al consumo humano, sino que servirá exclusivamente para beneficiar «a varios proyectos mineros».
¿Acaso Arana propone que Cajamarca renuncie a cualquier obra de infraestructura hídrica solo porque hay minería en la región? Su lógica parece ser: si no podemos garantizar un aislamiento total y utópico del agua respecto a cualquier actividad extractiva, mejor no hacer nada. Es una visión purista que condena a la población a seguir padeciendo la escasez, en lugar de buscar modelos de gestión hídrica que permitan el uso responsable y compartido del recurso.
La alternativa de las «pequeñas represas»: Un parche, no una solución
Frente a la obra de envergadura que representa la Presa Chonta, la solución que ofrece Arana es desconcertantemente simplista: «pensar en pequeñas y medianas represas distribuidas más uniformemente en el territorio». Utiliza ejemplos internacionales, como la sequía en Uruguay, para argumentar que las grandes represas son ineficaces ante la crisis climática.
Si bien las pequeñas represas pueden ser complementarias, presentarlas como la única alternativa viable frente al «crecimiento demográfico descontrolado de la ciudad» es desconocer la magnitud del problema de abastecimiento que enfrenta una urbe como Cajamarca. Eludir la construcción de infraestructura mayor en nombre de un ecologismo inflexible es, en la práctica, negar a miles de cajamarquinos el derecho a un servicio de agua potable constante y seguro.
En definitiva, la postura de Marco Arana frente a la Presa Chonta refleja una lamentable tendencia a politizar el desarrollo. Sus argumentos, teñidos de desconfianza hacia cualquier iniciativa gubernamental o empresarial, terminan obstaculizando los proyectos que Cajamarca necesita urgentemente para superar sus retos estructurales. Es hora de dejar de lado el «No» automático y buscar soluciones pragmáticas, sostenibles y, sobre todo, orientadas al bienestar de la mayoría.
