Cajamarca confirmó, una vez más, que su voto presidencial sigue inclinado hacia las opciones de izquierda, incluso después del desgaste político que dejó el gobierno de Pedro Castillo y de los cuestionamientos acumulados contra gestiones regionales asociadas a ese mismo discurso de cambio.
Con el avance del conteo oficial de la ONPE al 99,292% de actas en la región, Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, alcanzó el 66,757% de los votos válidos en Cajamarca, mientras que Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, obtuvo el 33,243%. La diferencia no solo confirma una victoria amplia del candidato de izquierda en territorio cajamarquino, sino que también revela una tendencia política que se mantiene firme pese a los antecedentes recientes.
Cajamarca ya había marcado una posición similar en la segunda vuelta de 2021, cuando Pedro Castillo, entonces candidato de Perú Libre, logró una victoria contundente en la región frente a Keiko Fujimori. Aquel respaldo fue leído en su momento como una expresión de rechazo al centralismo, al fujimorismo y a una clase política limeña percibida como distante de las necesidades del campo, las rondas, los centros poblados y las provincias altoandinas.
Cinco años después, el escenario parece repetirse con nuevos nombres, pero con una misma orientación electoral. Roberto Sánchez capitalizó en Cajamarca un voto rural, popular y de izquierda que sigue teniendo fuerza en la región.
La pregunta de fondo es por qué ese electorado mantiene su respaldo a opciones de izquierda, pese a la experiencia fallida del gobierno de Pedro Castillo, marcada por inestabilidad, confrontación política y graves cuestionamientos a su entorno.
La respuesta no parece estar únicamente en la ideología. En Cajamarca, el voto por la izquierda también funciona como una forma de protesta. Es una señal contra el centralismo, contra la desigualdad territorial y contra una sensación persistente de abandono. Para muchos electores, votar por una opción de izquierda no significa necesariamente respaldar todas sus gestiones anteriores, sino insistir en una demanda de representación que sienten que otros sectores políticos no han sabido canalizar.
Sin embargo, este comportamiento electoral también abre una contradicción difícil de ignorar. Cajamarca ha respaldado en los últimos años a liderazgos regionales (Gregorio Santos, Porfirio Medina, Mesías Guevara y ahora Roger Guevara) y nacionales que prometieron cambios profundos, pero cuyos resultados han sido duramente cuestionados por parte de la población.
La región continúa enfrentando brechas en infraestructura, salud, educación, inversión pública, conectividad vial y ejecución de obras, mientras el discurso político vuelve a apelar a las mismas promesas de reivindicación social.
La mala experiencia con Pedro Castillo no parece haber sido suficiente para romper esa tendencia. Tampoco los cuestionamientos a los últimos gobiernos regionales, vinculados en mayor o menor medida a discursos progresistas, regionalistas o de izquierda, han logrado modificar de manera significativa el comportamiento electoral cajamarquino. El voto sigue expresando una apuesta por candidatos que se presentan como alternativa al modelo tradicional y al fujimorismo.
El resultado también deja un mensaje para la derecha peruana. En Cajamarca, Fuerza Popular no logró reducir de manera significativa el rechazo que históricamente enfrenta en amplios sectores rurales. Keiko Fujimori volvió a quedar lejos de una mayoría regional, confirmando que el «castillismo» sigue vigente y es un factor decisivo en nuestra región.
Para Sánchez, la victoria en Cajamarca representa un respaldo político importante, pero también una responsabilidad mayor. La región no solo le ha dado votos; le ha entregado expectativas. Y esas expectativas llegan después de una etapa de desilusión con liderazgos que prometieron defender al pueblo, pero que terminaron envueltos en crisis, improvisación o falta de resultados concretos.
Cajamarca vuelve a votar por la izquierda, pero no necesariamente por confianza plena. Lo hace, otra vez, como expresión de malestar, de memoria social y de demanda de atención. La gran incógnita es si esta vez ese voto encontrará una respuesta distinta o si volverá a convertirse en una nueva frustración para una región que sigue esperando que sus decisiones electorales se traduzcan en cambios reales.
